viernes, 4 de enero de 2019

Esperando a Daniel

Esperando a Daniel
Cuentos para sanar

Angélica Mª Bendaña Rojas

  
Copyright © 2018
Angélica Mª Bendaña Rojas
Todos los derechos reservados esperandoaDaniel@gmail.com
  






Dedicado a los pequeños niños que habitamos cuerpos adultos…
…y al verdadero Daniel
y su padre.

Índice

Dedicatoria
III
Índice
V
Esperando a Daniel
7
I capítulo: La vida feliz
12
II Capítulo: Caminando por la zona gris
22
III Capítulo: Una luz fugaz
28
IV Capítulo: Perdidos en la sombra
33
V Capítulo: La oscuridad total
45
VI Capítulo: Luz de esperanza
50
VII Capítulo: Una vida nueva
58

Esperando a Daniel
Hay un aroma a sándalo en el aire,
el mar es azul y sereno.
Mi corazón esta triste, pero canta…

Había una vez unos cuadros muy muy grandes, de esos que cubren una pared de más de cinco metros de ancho, como los que pintó Joaquín Sorolla en la costa, al sur de Valencia.

Sus cuadros estaban iluminados por una luz blanca y muy brillante que venía de una montaña mágica llamada Montgó. Que según dicen:

Une para siempre a dos almas
que se buscan en su nombre.
Sin importar a qué lado de la montaña se encuentren
y sin importar…que sus ojos no se hayan visto jamás”.
Ese es el lugar que yo quiero encontrar,
un lugar donde seguramente,
se puede ser feliz, ¿Me ayudas Daniel?

En una parte, de uno de esos cuadros, había un dulce niño que tenía la mejor familia del mundo y que vivía rodeado de alegría. Sus días pasaban entre risas y sueños. Sueños que comenzaban con un cuento cada noche antes de ir a dormir y continuaban por las mañanas invadidas de luz que entraba por la ventana.
Cada día, una nueva aventura, a veces entre barcos de piratas, otras veces en un Palacio encantado con dragones temibles y a través de viajes submarinos o desiertos áridos que escondían tesoros inimaginables.

En este mismo cuadro - pero en otro tiempo y lugar - existía un hombre solitario y bueno, que había sido feliz; pero que ahora se sentía vacío, viviendo de un pasado que no entendía y no podía cambiar.
El hombre solitario había encontrado un tesoro, pero lo perdió. Lo buscó por mucho tiempo sin ningún resultado. Lo buscó tanto que ya no tiene fuerzas para seguir buscando. Buscó donde podía ver porque había luz, y buscó donde estaba oscuro porque allí podía sentir…pero nada.
Ahora el hombre triste sabe casi exactamente dónde está su tesoro y muchas veces se duerme imaginando cómo llegar al menos a verlo una vez más, ojalá sin tener que perder su propia vida en el intento - porque su vida - es lo único que le queda… a pesar de que, en los días fríos, cuando el cielo es gris… tampoco le importa demasiado.
La vida es como cualquiera de esos cuadros gigantes y en ellos todos somos como pequeñas hormigas.
Tú y yo, el hombre triste y todas las demás personas vamos caminando, pisando la superficie del lienzo, que también es como la de la Tierra, una ciudad o un bosque.
Caminamos todos, de aquí para allá, como en una estación de trenes, donde todos creen saber hacia dónde van, de donde vienen y para qué. Pero la verdad es que somos tan pequeños sobre un cuadro tan grande, con tanta luz y tantas sombras, que, si somos honestos, vemos que no sabemos dónde estamos y por mucho que lo planeemos y sepamos hacia dónde queremos ir, es un gran misterio, lo que nos traerá el camino…

¿Te imaginas estar en medio de un bosque,
bajo árboles tan altos y frondosos
que apenas puedes ver la luz del sol?
No sabes hacia donde caminar
y no sabes dónde comienza o termina.
Pero quizá si pudiéramos volar en un globo aerostático
y comenzar a subir y subir, pronto veríamos el tamaño del bosque
y cuanto más arriba o más lejos, tendríamos una mejor perspectiva.

Por eso a veces Daniel, cuando no entiendas algo; aléjate lo más que puedas, con la mente y en el espacio, y camina y respira tanto
y tan profundo como te sea posible.
Luego tu corazón te ayudará a mirar desde más arriba y entender cosas que al nivel del suelo son incomprensibles…

Daniel, hay un aroma a sándalo en el aire,
el mar es azul y sereno.
Mi corazón esta triste, pero canta, por eso mi niño,
te voy a contar un cuento.

I Capítulo
La vida feliz

Había una vez un principito llamado Dany. Como era un príncipe, obviamente era hijo de un Rey
noble y generoso y de una Reina hermosa y valiente.
Dany amaba a sus padres los Reyes Turvasu y Lalauri y les admiraba profundamente. Su mente estaba llena de sueños procedentes de las historias de conquistas que recreaban juntos.
Las batallas que el príncipe luchaba a diario bajo las sábanas de su cama antes de dormirse, entre las cortinas por las tardes mientras sus padres descansaban bajo la suave luz del sol que calentaba las frías habitaciones del Palacio, o en su imaginación cada noche antes de dormir, le hacían sentir más cerca de llegar a ser un día como su padre, el Rey.

Dany era un niño rápido e inteligente, aunque también era un niño solitario. Tenía dos hermanos mayores: Ruric y Katarina, con quienes pasaba muy poco tiempo, pues vivían muy lejos del reino.
Ruric estudiaba con los más renombrados ingenieros e inventores, para aprender a resolver problemas físicos, medir distancias hasta las estrellas, fabricar máquinas y utilizar nuevas tecnologías que ayudarían a que el mundo fuera un lugar mucho mejor para todos.
Por otro lado, Katarina era una princesa encantadora, hermosa por dentro y por fuera, que gustaba mucho de viajar por el mundo, conocer diversas culturas y aprender idiomas, así podía entender a otras personas y eso hacía su mundo más amplio.
Katarina dejaba siempre tras de sí, personas que la recordarían por mucho tiempo tanto por la luz de su mirada como por su simpatía, amabilidad e inteligencia.
Dany les adoraba y se sentía extremadamente feliz cada vez que sus hermanos volvían una o dos veces en el año. Le gustaba jugar a perseguirse con su hermano Ruric y leer libros con Katarina. Ella compraba libros para niños, en los idiomas de los lugares que visitaba y los guardaba para aprender y luego leerlos con su hermano pequeño, tan pronto como se reunían. A Dany le gustaba imaginar que él también podía entender lo que ella traducía.
Ruric solía estar muy ocupado y concentrado en sus pensamientos, mientras Dany merodeaba a su alrededor como un gatito. Todo lo que su hermano mayor hacía le parecía muy interesante. Su curiosidad e imaginación no tenían fronteras y todos a su alrededor incitaban a su mente a ir más y más lejos, sobre todo su abuela, la madre de Turvasu, Eeva- Liisa, que a pesar de no hablar el mismo idioma que su nieto tenía la capacidad de comunicarse directamente con su corazón.

Los corazones hablan sin importar el idioma,
basta que te relajes y dejes que tu alma conecte con otra alma
a través de las miradas.
Te darás cuenta,
de que no existe limitación posible para el amor o la amistad. 

La Reina su abuela, hablaba este idioma a la perfección, así, las miradas cómplices y las risas ruidosas llenaban la habitación cuando abuela y nieto estaban juntos. Dany amaba a su abuela y ella le adoraba a él.

El pequeño príncipe, había decidido que sería un niño para siempre, porque se sentía seguro, feliz y protegido y porque el Palacio era el mejor lugar en el mundo que él conocía. Estaba ubicado en una parte del cuadro donde había muchos tonos cálidos, y aunque al norte se podían adivinar las zonas oscuras, él prefería frecuentar las brillantes, que estaban al oeste.
Le tenían estrictamente prohibido visitar la sala del consejo, de colores grises al noroeste del Palacio; en donde a veces se escuchaban reuniones nada amigables que el Rey evitaba y de las que muchas veces se escabullía.
La Reina Lalauri era además de bella, inteligente y ambiciosa, una amante de la belleza y el arte. Era también una extraordinaria estratega que sabía cómo manejar tanto a su gente como al enemigo. Igual que en un tablero de ajedrez, donde la Reina ostenta su poder.
El Rey Turvasu la amaba con locura. Podría haber dado todo lo que tenía por Lalauri y a decir verdad alguna vez perdería el sentido de su propia vida por su causa. A pesar de ello - el Rey - amaba aún más la paz y la simpleza de la vida. Sentía que ya tenía todo lo que quería y necesitaba, sabía que todas las riquezas posibles no le harían más feliz y le entristecía que ella no pensara igual.
Lalauri estaba siempre muy ocupada resolviendo asuntos importantes dentro y fuera del Palacio. Inclusive la mayor parte de las conquistas realizadas la tenían a ella a la cabeza, y hasta en la primera línea de batalla alguna vez.
El Rey proporcionaba a su familia protección y alegría. Rodeaba constantemente a sus hijos de magia, contándoles historias en las que Lalauri, su madre, era muchas veces la protagonista.
Había veces en que el Rey no podía eludir sus responsabilidades y se iba -muy a su pesar- fuera del reino por algunos días. Cuando esto ocurría, su imaginación era su mejor compañía. Al fin y al cabo, él era el hijo de la Reina Lalauri y del Rey Turvasu - por lo tanto - era valiente, inteligente y fuerte como ellos.
Turvasu había estado muy ocupado en los años anteriores. Todas sus responsabilidades, no le habían permitido pasar con Katarina y Ruric todo el tiempo que le hubiera gustado. Y aunque siempre hizo su mejor esfuerzo y les dio todo el amor que había en su corazón, sabía que su propia juventud y todos esos viajes inevitables, le habían hecho perder muchos de los mejores momentos de sus hijos y se sentía culpable por ello.
El Rey Turvasu era listo e intuitivo, capaz de detectar los diferentes tonos en el lienzo y notar cómo ellos cambiaban su estado de ánimo. Aprendió a moverse de la sombra a la luz y de la luz a la sombra estratégicamente, porque descubrió que solo bastaba con cambiar la dirección para cambiar el paisaje y así, la emoción.
Entrecerrar los ojos para modificar las formas de las cosas o subir a la montaña más alta que hubiera cerca para tener otro ángulo, entendiendo que todo tiene una interpretación diferente dependiendo desde donde lo veamos, con que ojos y cuán lejos o cerca estemos.

¿Has jugado alguna vez
a ver con los ojos entreabiertos?,
¿como si miraras entre las pestañas?
Muchas cosas son muy diferentes así. ¡inténtalo!

Sin embargo, Turvasu nunca se alejó lo suficiente como para entender el cuadro completo.
Antes de que Dany naciera, el Rey había luchado miles de batallas, y aunque tenía pocas cicatrices, había estado al borde de la muerte varias veces. Por muy difíciles que fueran las cosas Turvasu nunca se dio por vencido, llevaba dentro de su mente y su corazón la imagen de su amada Lalauri y sus hijos.
Lalauri y Turvasu acordaron que, luego del nacimiento de Dany, él cuidaría del niño y ella lucharía las batallas que siempre había deseado y la maternidad no le había permitido. A pesar de ello las obligaciones del reino exigían, muchas veces la ausencia de ambos padres.
En esos momentos Dany extrañaba no jugar a esconderse entre los árboles del bosque, ni escuchar cuentos en la cama antes de dormir, o esos paseos en bote a solas – padre e hijo - en la laguna, siempre llenos de “historias para pensar”. Turvasu y el príncipe Dany eran inseparables. Todo el reino sabía cuánto amaba el Rey a su hijo. Lamentablemente pronto lo supieron también sus enemigos.

Cada vez era más evidente que Dany era su talón de Aquiles - su punto más vulnerable - sobre todo porque sus hijos mayores estaban lejos y seguros y la Reina era valiente y tanto o más fuerte que él mismo.
El tiempo pasaba en aparente armonía, aunque el Rey sentía una inquietud que crecía y crecía en su interior.
La familia real se alejó de la tensión y las obligaciones durante unas pequeñas y felices vacaciones fuera del reino, en las que el buen clima, el paisaje y los animales que había en una pequeña granja cercana, se sumaban - para Dany - al placer de no tener horarios marcados para estudiar y donde las reglas eran mucho más flexibles.
Pronto llegó el momento de volver al palacio, a la rutina y a cumplir con las responsabilidades pendientes. Durante el alegre y largo viaje de regreso, y cuando faltaba poco menos de una hora para llegar, vieron humo a lo lejos, justo en la dirección del palacio. Pronto descubrieron que, en su ausencia, el palacio había sido saqueado y destruido casi en su totalidad.
La Reina consideró que era una amenaza y ambos padres decidieron que debían - urgentemente - encontrar un lugar mejor y más seguro donde vivir.

II Capítulo
Caminando por la zona gris 

Los Reyes, Dany y su hermano Ruric que acababa de llegar, se acomodaron en el palacio de verano, que, aunque
totalmente inapropiado para la época invernal que se aproximaba, era bastante pequeño y fácil de calentar, así que al menos les permitiría estar tranquilos y seguros cuando los vientos del norte trajeran nieve y lluvia, y los días se hicieran cada vez más cortos mientras el pequeño lago se convertiría en una perfecta pista de patinaje.
El otoño había traído la visita de una familia extranjera algunas semanas antes del incendio. Los viajeros venían de Embur, un lugar aparentemente maravilloso en cuanto a paisaje, clima y actividad cultural. A la reina le brillaban los ojos escuchando la detallada descripción que los invitados hacían de la ciudad de la que tanto orgullo sentían. Lalauri amaba la belleza y la vida social en torno al arte por lo cual Embur le sonaba al paraíso.
Este lugar lejano, desconocido y maravilloso no dejó de ocupar su mente ni de día ni de noche incluso y a pesar de todo lo que había ocurrido, Embur parecía ser por su seguridad el lugar ideal para una nueva vida, por ello la Reina Lalauri se propuso conquistarlo.
Por su parte el Rey Turvasu, pensaba en la seguridad de su familia y no entendía la razón de una nueva guerra. Menos si se trataba de la conquista de un lugar tan lejano que les obligara a separarse en este momento.
El reino era enorme, sus tierras llegaban más allá de donde podían llegar sus miradas. Turvasu pensaba que tenían muchas opciones más cercanas para estar a salvo y mantenerse juntos.
Los días pasaron y la tensión aumentaba, el Rey comprendió que negarse a esta nueva encomienda podría significar perder el respeto y el amor de Lalauri para siempre. Sentía que se desgarraba su corazón pues no vería a su familia en largos meses que posiblemente se convirtieran en años, y algo dentro de su ser le hacía temer que quizá no volviera a verlos nunca más. Por eso se preparó bien para preservar su propia vida de todos los peligros posibles e imaginables. Sabiendo que sus enemigos acechaban y que la mejor forma de proteger a su familia era alejarse, decidió partir.
Dany y su padre caminaron juntos, hasta el punto más alejado que el niño tenía permitido alcanzar. El padre cogió su mano y avanzó un poco más, para que el niño supiera que su mundo, realmente no terminaba ahí y que lo desconocido, también podría ser bueno y seguro.
Se despidieron en silencio, aunque sus corazones no dejaron un momento ni de hablar ni de hacer promesas.
Desde el corazón valiente y ahora desolado de Turvasu hasta el corazón transparente y atemorizado de Dany, se tejió una red invisible, pero fuerte y tan flexible que les mantendría unidos sin importar cuántos kilómetros hubiese entre ellos, ni por cuánto tiempo fueran a estar separados.

El niño se quedó en su nueva frontera, mientras veía a su padre alejarse, hasta perderse en el horizonte.

Pasaron los días uno a uno, cada vez más grises y largos, pasaron semanas eternas. Lalauri siempre tuvo una respuesta reconfortante para Dany cuando preguntaba por su padre, una caricia para consolarle, una idea para desviar su atención o alguna explicación que hacía menos insoportable la espera. Sin embargo, a veces sus palabras - lejos de ayudar - le hacían perder las esperanzas, pues podía leer entre líneas la posibilidad de que su padre ya no volvería jamás.
La Reina siguió al mando como siempre había hecho, dirigía y guiaba eficientemente el funcionamiento de todo su reino desde el palacio de verano, que, al ser menos habitual para Dany, le hacía menos dolorosa la espera porque se distraía fácilmente con cosas nuevas por doquier.
Dany estaba triste, pero cada vez preguntaba menos para parecer más fuerte. Un día en el que controló sus lágrimas alguien dijo que “se estaba haciendo tan valiente como sus padres”. Y entonces el pequeño Príncipe, dejó de llorar. Al menos donde pudieran verlo. Mientras, las semanas largas se convirtieron en meses.
Cuando tengas ganas de llorar hazlo, no tiene nada de malo hacerlo
y seguramente te sentirás mucho mejor y limpio por dentro después.

Sin embargo, luego,
seca tus lágrimas y sigue adelante.
 El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.

III Capítulo
Una luz fugaz

Un día en que la Reina estaba de viaje y Dany pasaba las horas entre juegos y juguetes que le parecían cada vez más aburridos, o se sumergía en la lectura de los libros que, durante años había leído una y otra vez. Un veloz galope lo trajo de vuelta a este mundo y al mismo tiempo envió lejos todos sus temores y la esperanza de ver a su padre con vida se asomó a sus ojos.
Corrió por las escaleras del Palacio, y para ir más rápido atravesó salones en los que nunca había estado con la esperanza de encontrar a su padre al otro lado, en el jardín frente al lago que estaba comenzando a descongelarse, tan lentamente como crecían los brotes de los árboles que hasta ahora parecían muertos.
En medio de los sirvientes de palacio y de un gran alboroto se encontró con el recién llegado -que no era su padre- sino que Ian, quien había partido junto a Turvasu hacía ya mucho tiempo atrás. A pesar de no encontrar lo que esperaba Dany estaba feliz porque sabría de su padre.
Ian había sido uno de los más fieles y aguerridos soldados del Rey Min, padre de la Reina Lalauri, por orden de quien había acompañado a la entonces princesa a su nueva vida junto a Turvasu. Ian era la única persona en la que Lalauri confiaba y se había vuelto su mayor consejero, además de un fiel guerrero al lado de ambos Reyes.
La felicidad del príncipe no era completa, pero al menos sabría de primera mano cómo y dónde estaba su padre y sobre todo sabría cuándo podrían volver a verlo.
Los sirvientes agasajaron al recién llegado, le alimentaron, le bañaron, pusieron ropa nueva y limpia en su cuerpo cansado y le dieron comida otra vez.
Dany no dejaba de seguirlo de una estancia en otra y se angustiaba entre bocado y bocado que Ian daba a su comida con entusiasmo, porque tenía que esperar a que este volviera a tragar antes de seguir contándole sobre su padre y las batallas que ganaba una tras otra, cada vez más lejos del Palacio. Ian decía que Turvasu era valiente, fuerte y que se sentía orgulloso de sí mismo en el campo de batalla y por supuesto que pensaba en Dany y Lalauri en cada segundo.
De todo lo que Ian dijo, lo más importante fue que Turvasu había emprendido el viaje de regreso y que solo lo retrasaba el hecho de que debía firmar todos los documentos que aseguraran que las nuevas tierras conquistadas respetarían su monarquía. Entonces, resulta que Ian había vuelto solo para buscar ropas apropiadas para el Rey y por supuesto para dar la buena noticia a todos, especialmente a la Reina Lalauri y a Dany.
Una vez que Ian se recuperó del largo viaje, volvió a preparar su equipaje, cogió ropajes para el Rey y propuso en privado a Dany que le acompañara a su encuentro. Dany enloqueció de alegría, esta sería la mayor aventura de su vida. Él sería el primero en volver a ver a su padre y podría recibir todos los honores a su lado, en cada nueva tierra que los viera retornar.

Olvidando sus sueños de ser niño para siempre y considerándose a sí mismo todo un hombre a pesar de sus cortos años, se prometió a si mismo crecer y luchar junto al Rey, todas las futuras batallas.

En el palacio, nadie se sentía con autoridad suficiente para negarse a la decisión de Ian de llevarse al niño. Ni siquiera la ausencia de la Reina Lalauri parecía un motivo pues Ian era el más fiel siervo de su señora, su consejero y había estado a la derecha del Rey de quien ahora cumplía órdenes.

Así fue como prepararon las alforjas para el príncipe, quien lucía gallardo, valiente y al mismo tiempo tan feliz que no podía quitar de su cara su más amplia, inocente e infantil sonrisa. Una sonrisa que todos habían dejado de ver tanto tiempo atrás. Esto ayudó a que creyeran que hacían bien dejándole ir al encuentro del Rey.
Dany corrió a su lado con la promesa de encontrarse con su padre. Galoparon al este mientras tarareaban viejas canciones y reían.

IV Capítulo
Perdido en la sombra 

El entorno comenzó a cambiar, había cada vez menos luces, sus ojos se adaptaban poco a poco a la oscuridad creciente y la frontera que el niño conocía había quedado atrás hacía mucho tiempo. De pronto, no había más canciones, ni risas, ni paisajes conocidos.
El galope acompasado de los caballos fue acompañado por un silencio que comenzaba a incomodarlo. Dany sintió una especie de frío correr por su espalda y se estremeció.
Se hizo el silencio y por primera vez después de tanta alegría, Dany fue invadido otra vez por el miedo de no ver al Rey Turvasu nunca más.
Sin comprender que ocurría, qué había cambiado, miró a Ian en busca de seguridad, pero éste respondió con una mirada fría. El alma de Ian había desaparecido para siempre de sus ojos.
El príncipe bajó la mirada y trató de encontrar paz y seguridad en el recuerdo de su padre. Lo hacía cada vez que Turvasu estaba lejos y le extrañaba, pero nunca había sido tan necesario como en la época que venía.
Su padre, el Rey, le había dicho: “Cuando estemos separados y no estés bien, piensa en la próxima vez en que estaremos juntos, yo haré lo mismo cuando esté lejos de ti y necesite verme en tus ojos - así todo irá mejor - porque las personas que se piensan al mismo tiempo en la distancia están para siempre unidas”. Dany se sintió reconfortado, su padre le había dado - entre juegos - muchas herramientas para la vida.
Siguió pensando en él, porque así se sentía protegido, siguió pensando en él porque le amaba, siguió pensando en él porque no quería olvidarle.
Dany comenzó a repasar en su mente una a una las historias que Turvasu le contaba y que siempre venían a su mente en el momento apropiado. De algún modo sentía que - al menos allí - las “luces mostraban el camino”, la forma correcta de pensar.
El galope lento y sin ánimo de su caballo, era lo único que rompía el terrible silencio entre los jinetes. Dany estaba agotado y hambriento, en un camino iluminado solo por la luz de la luna llena.
Miró al cielo sembrado de estrellas y recordó la última “historia de pensar” que su padre le contó un día remando en la laguna. Siempre eran historias para discutir juntos al atardecer, las cuales ocupaban su mente por largo tiempo. Esta, no había sido una excepción.
“…Había una vez dos hermanos, que caminaban por unos hermosos jardines como estos, sus nombres eran Nix y Mu…” – le había dicho su padre, mucho tiempo atrás mientras remaban juntos en la laguna.
“…Nix estaba usando gafas por primera vez en su vida y Mu se burlaba constantemente de él. Llevaba días haciéndolo a solas y delante de sus amigos.
Nix, dolido y avergonzado, le explicó que con las gafas podía leer mejor, le explicó que su vista estaba tan dañada que antes sin ellas, no podía reconocerle en la distancia y ahora podía incluso ver las pequeñas pecas en sus mejillas. Le explicó que era tan maravilloso ver, y que, aunque sus burlas tocaban su corazón y le entristecían, sabía que seguiría usándolas.
Mu se sintió avergonzado - sus burlas no habían ridiculizado a su pequeño hermano - sino a sí mismo.
Caminaron en silencio y Mu arrepentido trató de ponerse en el lugar de Nix y el pequeño hizo lo mismo. Llegaron al patio y se sentaron en la orilla de una fuente en la que comenzaba a reflejarse la luna, tan brillante que hubiera parecido de día si no fuera por el cielo que estaba regado de estrellas, igual que esta noche.
Aunque Nix y Mu, seguían en silencio, sus almas se dieron la mano. Una sonrisa tímida dijo sin hablar: “lo siento, perdóname” y una sonrisa ancha, dijo: “te perdono porque eres mi hermano, mi amigo y te quiero…estamos en paz”.

A veces el corazón dice un montón de cosas
que solo puede oír otro corazón.
Aunque a veces, algo se refleja un poquito en los ojos.
Y esto es fantástico, porque a veces los hombres no pueden usar las palabras, a veces no saben hacerlo,
su corazón se oprime ante las emociones.
A veces los hombres creen que deben ser fuertes siempre y que las emociones expresadas en palabras
son signos de debilidad.

Nix comentó cuan hermoso se veía el cielo en esa noche estrellada y Mu le miró sorprendido, pues, aunque veía el brillo de la luna sobre los jardines interminables, así como su reflejo en la fuente, no era capaz de ver ni una sola estrella en el cielo.
Mu se rio ruidosamente aprovechando para liberar toda la tensión del momento anterior, mientras un sentimiento incontrolable de ira parecía adueñarse de su corazón nuevamente.
Nix se quitó las gafas y se las extendió a su hermano, quien se había negado a que su vista fuera revisada por el médico que había estado en el Palacio un par de semanas antes.
Mu las cogió sintiéndose sobrecogido por el miedo y la vulnerabilidad, se puso las gafas y apretó los ojos pues entendió que no podía ver. Nix también lo entendió, pero lo animó a mirar a través de ellas, porque su corazón era limpio y estaba lleno de buenas intenciones.
Mu abrió los ojos lentamente, levantó la mirada y vio por primera vez en su vida las estrellas, vio las flores iluminadas por la luz de la luna, mejor de lo que las veía cuando estaban iluminadas por el sol y vio luciérnagas a su alrededor y sonrió, se puso serio y entendió que él también necesitaba gafas.
A Dany le hizo mucha gracia esta parte de la historia y comentó: “Que fácil es solucionar este problema, sólo basta comprar unas gafas para Mu, luego Mu será como Nix: feliz y bueno para siempre”.
El Rey continuó la historia y agregó: “Desgraciadamente, Mu, lejos de sentirse feliz al tener en sus manos una solución a su ceguera, se puso furioso. Furioso por tener un defecto, furioso por el riesgo de que alguien lo supiera y se riera de él como él de su hermano, furioso porque sin los “ojos de otro” nunca podría ser lo bastante bueno, y entonces tiró las gafas al suelo y las pisó”.
“¡Pero ahora ninguno podrá ver!” comentó Dany entre sorprendido y angustiado.
“Así es”, dijo el Rey.
“¡Pero no tiene sentido!” exclamó el niño.
“No lo tiene” dijo Turvasu.
“¡No me gusta esta historia!” - dijo el niño - entre enojado y triste.
“¿Qué harías tú si fueras Nix?” preguntó el Rey.
“Creo que lloraría, creo que me enojaría mucho y no sé si le podría perdonar esta vez.”
“¿No sentirías compasión por el niño ciego?”.
- “¿Ciego?, ¡no dijiste que Mu fuera ciego! Si hubiera sido ciego no podría haberse burlado, solo le fallaba un poco la vista como a su hermano, ¿no papá?”.
“A veces la ceguera no es solo de los ojos, hijo”.
“Pero ¿Por qué se enojó tanto?, ¿Por qué romper las gafas?”
- “Porque al darse cuenta de que no podía ver, se dio cuenta de que tampoco podía sentir. Entendió que la pureza de su hermano pequeño no estaba en él y que para ello no había gafas posibles”.
“¿Qué quieres decir papá?”.
“Quiero decir” – dijo su padre, con dolor en la mirada- “que no todos somos iguales y que por lo tanto no podemos esperar que los demás actúen como nosotros haríamos. Y esto no significa que seamos mejores o peores que nadie. Solo significa que nuestros ojos, no siempre nos muestran lo mismo a todos”.
“¡No me gusta esta historia!, ¡No entiendo para que me la cuentas! ¿Qué tengo que aprender?, ¿Qué debo hacer?".
“Pienso que debes confiar en tu corazón, solo confiar en tu corazón, porque ya sea que tus ojos estén abiertos o cerrados, él te guiará, te mostrará las almas puras y habrá una luz diferente que te hará sentir reconfortado cuando cojas el camino correcto. Poco a poco sabrás reconocerlo. La propia vida te ayudará”.
El Rey pensó que era una buena lección de vida, pero quizá el príncipe era demasiado pequeño para abrirle los ojos de este modo. Dany guardo silencio y una semilla de algo parecido al miedo fue sembrada en lo más profundo de su ser. 

Hay cosas que debemos aprender solos, a través de nuestra propia experiencia… y esta era posiblemente, una de ellas.

Quienes más nos aman -incluso por amarnos tanto y por querer protegernos- pueden hacernos daño, sembrando en nuestra mente sus propios temores.

Si un día ves una mariposa luchando, tratando de salir de su crisálida, acompáñala y observa, pero no rompas la tela del capullo por ella… esa lucha es vital para su transformación.

Ahora esta historia volvía a su mente, porque frente a él estaba la primera persona ciega que Dany descubriría en su vida.
Ian creía que amaba a Dany y que quería lo mejor para él - estaba convencido de ello - pero la verdad es que Ian tenía un corazón de mentira. No existía en él la capacidad de amar. Él mismo no lo sabía en realidad, porque no era una elección, era una carencia.
A veces Ian actuaba como un verdadero segundo padre, podía decir frases perfectas y parecía entenderlo todo. Sin embargo una vez le habían visto llorar y fue aquí, justo aquí, al ver su mirada, cuando alguno podría haber entendido que Ian no tenía un corazón.
Dany comenzó a sentir que el camino que estaba recorriendo con Ian en ese momento no estaba señalado con esa luz de la que su padre le había hablado y lamentó no saber que tenía que hacer con esa información en ese momento.

Sólo supo con certeza que Ian sufría de algún tipo de ceguera y que era mejor esperar, confiar en la vida y sobre todo no hacer preguntas.

V Capítulo
La oscuridad total

El tiempo siguió pasando y la Reina Lalauri tampoco regresó jamás. Quizá un año más tarde - es difícil recordar - herido y cansado a pesar de los triunfos que le precedían, el Rey Turvasu volvió a su reino.
Sorprendido por la falta de algarabía, buscó a su esposa y buscó a su hijo y nadie en palacio entendía por qué no venían juntos el Rey, la Reina y Dany.
Todos habían creído en Ian mucho tiempo atrás y le habían confiado a Dany. Pocos días después de su partida habían despedido también a la Reina Lalauri quien salió a su encuentro, y un mes más tarde, recibido con alegría la noticia de que los tres estaban juntos en Embur, ese maravilloso lugar que el Rey había ido a conquistar para ella. Y ahora, en medio de su propio desconcierto, tenían que explicar cosas que nunca llegarían a entender.
El Rey enloqueció. Al principio, le mataba el dolor por la traición de la Reina quien lo había utilizado y manipulado para hacerle ser parte de guerras que no eran suyas. Un dolor que se sumaba a la angustia de no saber dónde estaba su hijo y si volvería a verlo. Su cabeza se partía tratando de entender el rol de cada uno en esta enorme maquinación.
Entendió que había estado rodeado de personas tan distintas a su naturaleza, a quienes -era evidente- nunca llegó a conocer realmente.
El Rey bebía demasiado, y luego era dominado por la rabia. Temía por Dany, mientras veía como su amor por la Reina se convertía rápidamente en odio y desprecio.
Comprendía que Ian era nada más que un hombre viejo, manipulado y envuelto en esta trama por la lealtad que un día juró a la familia de Lalauri.
Y porque carecía de muchos principios morales, que le hacían representar la cara inescrupulosa de la Reina.

Así, mientras su vida perdía sentido, Turvasu comenzaba a entender cosas que no eran comprensibles y las palabras traición, engaño, manipulación, maldad… incluso las palabras muerte y venganza encontraron un lugar e hicieron nido en su alma destrozada. Todos estos sentimientos ayudaron eso sí, y de algún modo, a mantener unidos los trozos, que quedaban de su corazón.
El Rey ya no sabía contra que luchar. Ahora el enemigo era un fantasma, y la lucha mayor era consigo mismo, para perdonarse, para tener esperanza, para seguir vivo.
El tiempo pasó, no hubo viaje que sirviera, no hubo amigo que pudiera ayudarle, no hubo reino cerca o lejos que pudiera - ni con todo su poder - permitirle volver a ver los ojos brillantes y tristes de Dany. Hasta sus más férreos enemigos sintieron compasión de él.
Poco a poco y una a una comenzó a perder las tierras conquistadas, y su imperio fue desapareciendo hasta verse reducido al pequeño jardín donde un día dos hermanos habían descubierto sus diferentes tipos de ceguera.

En los días buenos se ponía su armadura y a veces incluso en su rostro se reflejaba la fe. Cogía su caballo y galopaba incansable hacia donde le decía su luz interior. Empuñaba su espada con fuerzas y sus fieles vasallos le seguían por días interminables a ningún lugar.

Luego le veían desfallecer. Agotado, pero sin poder detenerse en la inercia del galope. Hambriento, pero sin capacidad de comer. Sediento, pero sin poder tragar ni una gota de agua. Hasta desmayar.
Una vez más le cogían para llevarlo de regreso al palacio, a sus aposentos, donde permanecía postrado por días que a veces se convertían en semanas. Le arropaban y le daban sopas calientes que volvían a nutrir su cuerpo. Cubrían sus llagas con vendas llenas de ungüentos que curaban sus heridas y poco tiempo después sus músculos volvían a recuperar la fuerza. Su piel y su pelo volvían a brillar, pero su alma... No había nada que alimentara su alma. Nada que le devolviera la fuerza, ni la luz.
…de pronto el Rey se convirtió
en el hombre triste del que te hablé…
el hombre que había perdido su tesoro.

VI Capítulo
Luz de esperanza

Un día apareció una bruja, había sido guiada por su corazón. Dirigida directamente al punto más oscuro de todo este reino lejano. A la soledad de un Palacio descuidado, donde las flores habían dejado de crecer y donde ni el brillo de la luna llena tenía el menor efecto.
La bruja se enteró de la historia del “Niño Perdido”, del dolor del Rey y de la ahora indudable traición de la Reina. De quien se decía había cambiado el corazón puro de su Rey por el de un guerrero desalmado que amaba la gloria por sobre todo.
La bruja pidió albergue en el ahora ruinoso palacio de verano y observó en silencio un tiempo prudente.
Al Rey, se le podía ver caminando en silencio cuando tenía un buen día y salía a pasear por los alrededores. Todos lo amaban, pues a pesar del dolor de su alma siempre tenía una palabra sabia y generosa para quien se cruzara en su camino. Siempre habrías de encontrar una pequeña sonrisa en sus labios, aunque su mirada azul, triste y profunda te mostrara el dolor que había dentro.
La bruja, que se llamaba Sibila, tenía un corazón bueno y generoso que entendió - en cuanto lo vio - que era un hombre roto, que no era capaz ya de ser un Rey, que no podía abrir su corazón y mucho menos aun volver a confiar en nadie. No en esta vida o al menos no antes de que sus ojos volvieran a verse en los de Dany y muchas preguntas encontraran una respuesta.
Sibila siempre escuchaba a su corazón y no tenía miedo a nada, porque había vivido muchas vidas y se acordaba prácticamente de todas y cada una de ellas. Esto hacía que hubiera sabiduría y compasión en sus palabras y en su mirada. Posiblemente por ello la gente confiaba fácilmente en ella y la respetaba.
El único problema que la bruja tenía era que, por un hechizo mal hecho muchas vidas atrás, tenía el corazón por fuera, justo debajo de su piel, y no protegido dentro de su pecho, por eso podía sentir cosas que los demás no, y el dolor ajeno se volvía su propio dolor fácilmente.
El Rey se mostró receptivo a su cercanía, a la compañía sincera y desinteresada, a su apoyo sin compasión y su carácter aguerrido. A la bruja no le importaba en lo más mínimo que él fuera un Rey, pues ella, no era capaz de respetar las jerarquías que llevaba cientos de años viendo inventar a los hombres. Respetaba eso si la transparencia y el sufrimiento que podía ver en los ojos de Turvasu.
Si la Reina Lalauri la hubiera conocido, sin duda la hubiera expulsado del Palacio por tanta insolencia y falta de diplomacia. Pero Turvasu era muy distinto, por lo que fue así, como Rey y bruja se hicieron poco a poco buenos amigos.
Alguna vez escuchó Sibila la risa sincera y bulliciosa del Rey que, sin olvidar nunca a su hijo ni la traición vivida, comenzaba a conectarse poco a poco con la vida. Al fin y al cabo, como ella decía: “¿cómo se sentiría Dany al saber que él se había convertido en un muerto viviente, un hombre que ya cansado de buscarlo, de luchar, de no encontrarlo, se había echado a morir, en vez de preparar un buen lugar y una fiesta para su regreso? Dany tenía que sentirse orgulloso de su padre, no sentir lástima de él”. Estas palabras dichas en el momento justo a veces daban un buen resultado y Turvasu recuperaba las ganas de luchar.
El Rey y la bruja jugaban ajedrez y caminaban en silencio por las montañas. A veces los pulmones de Turvasu, parecían no contener aire suficiente, pero poco a poco se iba fortaleciendo - no solo su cuerpo - sino su alma.
Hablaban hasta tarde y se imaginaban viajes, rescates, incluso raptos y venganzas, aunque la última idea cada noche, era siempre una historia con final feliz. Así pasaba el tiempo y cada vez con más frecuencia, el Rey se iba a dormir con los ojos llenos de esperanza.
Sibila tenía una imagen mental de Dany gracias a la escultura que seguía en pie frente a la laguna del Palacio viejo. En ella se podía ver al niño con esa expresión de plenitud y alegría que todos extrañaban tanto.

La laguna se había secado hacía varios años. El Rey había ordenado que volviera a tener agua cuando sus tres hijos estuvieran juntos nuevamente. Ese mismo día, él volvería a remar con Dany.
Sibila se comprometió en la tarea de salvar al rey de sí mismo y de recuperar al niño. Para ello probó todos los hechizos conocidos e inventó muchos más. Le hizo tomar caldos asquerosos para recuperar las fuerzas, tragar ojos de insectos nocturnos para que pudiera saber dónde tenía que buscar e incluso cortarle un trozo de uña a plena luz del sol y con una tijera de plata a un dragón que dormía la siesta, ya no recuerdo para qué.
Uno a uno los intentos fueron un fracaso, pero uno a uno los intentos le dieron vida y luz al Rey. Y es que nada funcionó como debía, pero eso no significa que el resultado no fuera bueno, porque todos y cada uno de estos esfuerzos mantuvieron la cabeza de Turvasu ocupada, lo sacaron del “bosque” en el que estaba sumergido y, poco a poco, mientras respiraba profundo, lo hicieron alejarse y ver con perspectiva.
Así es que todo este proceso fue como si se hubiera subido muy alto en un globo aerostático, porque pudo recuperar toda esa sabiduría que siempre había estado dentro de él, y recordar que cambiando la dirección cambiaría el paisaje y todas esas cosas que un día él mismo le explicara a su hijo.

Poco a poco, gota a gota su corazón comenzó a llenarse de algo que, él hubiera asegurado “No podría ser nunca más amor”, pero que para los que mirábamos desde fuera, nada se le parecía más.
La mayor de las misiones y la que más ocupado tuvo al Rey fue la de los pétalos mensajeros, que encuentran siempre al destinatario del mensaje, sin importar donde este se encuentre. Para encontrar los pétalos mensajeros primero hay que encontrar la montaña más alta justo a cien kilómetros de distancia de donde sea que uno se encuentre.
La montaña puede estar en cualquier dirección, por lo cual, encontrarla, ya es todo un reto. Luego, sigue escalarla el tercer día del tercer mes desde la siguiente luna llena, y esperar ahí hasta que la luna mengüe mientras al lado izquierdo de un lago azul, aparecerá una flor casi invisible, cuyos pétalos - mensajeros - solo pueden ser cortados en el preciso momento en que el último rayo de luna menguante - apenas perceptible - la ilumine.
El Rey estuvo muy ocupado, revisando todos los planos del reino, para identificar las montañas que estaban a cien kilómetros de distancia a la redonda. Investigando en cuál de ellas había una laguna, y reuniendo fuerzas para escalar cuando fuera el primer día del tercer mes después de la luna llena. Y planeando el viaje, y luego viajando, y luego escalando la montaña para llegar al lago azul, y luego encontrar la flor, y luego coger sus pétalos con cuidado, y soñando que todo ello traería de vuelta a un niño que ya no era tan niño, pero que para él, siempre sería su pequeño príncipe.
Ahora, solo faltaba que llegara el equinoccio de primavera, para que la bruja pudiera hacer lo que fuera que tenía que hacer, con la flor que había guardado en una pecera de cristal; en la que los cuatro pétalos que trajo el Rey se duplicaban cada día.

VII Capítulo
Una vida nueva

Después de su odisea y una vez hubo depositado los cuatro pétalos en las manos de Sibila, Turvasu cayó en un profundo sueño.
Para cuando el rey despertó, comió y recordó todo lo vivido, ya había dieciséis pétalos en lugar de los que había cogido.
El Rey sonrió, por dentro y por fuera. Hubo carcajadas y para celebrarlo cogió a Sibila entre sus brazos y bailó con ella. Nadie escuchaba la música, pero de acuerdo con la armonía de sus movimientos, era evidente que ambos oían la misma melodía.
Este día y después de tanta espera, de tanto dolor y desolación, por primera vez brilló la luz de la esperanza, y se encendieron todas las luces que muestran el camino correcto.

Y el siguiente día había treinta y dos pétalos, y el siguiente sesenta y cuatro, y esto llenaba de ilusión a todos en el palacio, quienes siempre encontraban algún pretexto un par de veces al día, para visitar el laboratorio de Sibila y ver como se producía el milagro, mientras contaban los días, ya no para el equinoccio, sino para la llegada de Dany.
Porque cuando una persona en la tierra 
desea algo fervientemente,
y el cielo está de acuerdo,
ese algo tiene que suceder…
es solo cuestión de tiempo.

La pecera estaba repleta, faltaban solo horas para el equinoccio y todos pasaron a ver por última vez la magia que llevaba días repitiéndose.
Turvasu fue el último visitante antes de que Sibila cerrara su laboratorio con llave y se fuera a dormir. Pero dormir, fue lo único que no hizo porque desde que los pétalos comenzaron a reproducirse a voluntad y ella supo que todo iba bien, su mente se bloqueó y no tenía ni idea de que debía hacer cuando llegara el equinoccio.

Había pasado días y noches revisando libros de hechizos y nada, así que ahora que faltaban pocas horas para que amaneciera y con la presión de la gran responsabilidad que caía sobre sus hombros, trató de dormir, con la esperanza de recibir entre sueños la información de ¿Qué debía hacer para traer definitivamente al príncipe Dany de vuelta a casa?
Por fin se durmió, mientras pensaba en el niño, en el Rey y en cuan buena sería la vida cuando estuvieran juntos otra vez.

Despertó exaltada, porque tuvo un sueño en el que veía exactamente lo que debía hacer. Feliz bajó corriendo al laboratorio tratando de recordar lo que decía la voz en su cabeza. Cuando abrió la puerta, no pudo creer lo que veía.
En ese preciso momento la pecera caía al suelo mientras miles de cristales volaban por los aires como estrellas fugaces y una especie de tornado se dirigía hacia la ventana.
A causa del ruido de los cristales cayendo al suelo, todos llegaron corriendo. No habían podido dormir y merodeaban a la espera de que ella volviera al laboratorio. Se quedaron sin palabras al ver el vórtice de un tornado saliendo por la ventana.
Sibila escuchó en su mente: “Tu corazón ha vuelto a casa”, y aunque no entendió lo que significaba, se sintió feliz. Sin embargo ahora lo único importante era saber que estaba pasando fuera. Así, todos corrieron tras ella en dirección al jardín.
Allí encontraron al Rey que había pasado toda la noche fuera, contemplando el cielo y las estrellas y soñando despierto con Dany y la nueva vida, la laguna llena de agua y peces, su bote y las conversaciones largas.

Se imaginaba a Sibila en alguna de ellas, porque ella siempre podía decir algo gracioso que quitaba tensión a la absurda etiqueta que imponía la realeza y sabía que les ayudaría a ser solo padre e hijo.
Cuando todos llegaron a su lado, un nuevo Rey, luminoso y sonriente les explicó que, junto al primer rayo de sol, un pequeño tornado había salido por una ventana del Palacio. Se había hecho cada vez más grande y había subido cada vez más alto hacia el norte, y en la distancia se había dividido en dos y cada tornado nuevo en dos otra vez y así hasta que sus ojos los perdían de vista.
Explicó que cuando volvió a mirar al palacio, un nuevo tornado comenzaba a salir por la ventana del laboratorio, y como el anterior, se hacía más y más grande, y volaba esta vez al noroeste, y el siguiente al este, y el siguiente al suroeste y al sur y al sureste y al este y al noreste como si fueran las agujas de un reloj que tenía su centro en el palacio.

Cada uno crecía y se dividía en dos y en dos otra vez, como para alcanzar todos los posibles lugares del planeta, y el Rey supo que los pétalos mensajeros encontrarían a Dany, y lo traerían de vuelta.
Turvasu recordó a Lalauri, la perdonó y se perdonó a sí mismo. El resentimiento ya no tenía cabida en él, pues había recuperado toda su nobleza.

Se quedó sentado allí, con el corazón lleno de gratitud, de vida, de compasión, de paz y de amor… Se quedó en silencio como tantas veces mirando al horizonte, a esperar, a esperar.
A muchos kilómetros de distancia, Larauri también había pensado en él, cuando temprano al amanecer, vio los tornados que parecían venir de su antiguo hogar.
Ella seguía siendo una mujer inteligente y entendió de inmediato que este era un llamado desesperado de Turvasu a su hijo. Recordó con melancolía el amor que una vez los unió y el vínculo inquebrantable que había entre su hijo y el Rey.
La Reina despertó a Dany para que viera el cielo, lleno de tornados que se esfumaban poco a poco señalando muy claramente su origen a muchos kilómetros de distancia.
Se quedaron juntos en silencio. El niño la miró, preguntando sin palabras y ella le miró, respondiendo: “Sí”, y lo besó en la frente, dándole su bendición.
Dany entendió de inmediato. Besó a su madre con gratitud y corrió por las escaleras hasta el establo. Cogió su caballo y comenzó a galopar a toda velocidad, siguiendo el origen de los tornados. El momento del reencuentro había llegado.
En medio de estos pensamientos que abrigaban su corazón, Dany sintió de pronto, que conocía los caminos. Los colores, los sonidos y hasta los olores a su alrededor le eran familiares. Su corazón comenzó a reír a carcajadas. A lo lejos un Palacio y cada vez más cerca, su padre.

Tras dos largos días de viaje, el atardecer lo llevó de vuelta al pasado, al día en que su padre cogió su mano por última vez y lo instó a avanzar un poco más allá del límite que él conocía, para que supiera que el mundo no terminaba allí, y que lo desconocido también podría ser bueno y seguro.
Dany recordó la última vez en que habían estado juntos, cuando desde el corazón valiente y desolado de Turvasu hasta el corazón transparente y atemorizado de Dany, se había tejido una red invisible, pero fuerte y tan flexible que les mantuvo unidos sin importar cuantos kilómetros o cuanto tiempo les había separado.
Sibila estaba feliz, entendió que por fin había encontrado su lugar, así como su corazón que volvía a estar dentro de su pecho. Se acercó a Turvasu quien cogió su mano y miró a sus ojos oscuros con amor y gratitud.
Juntos esperaron en silencio, juntos vieron la silueta de Dany en el horizonte, juntos le recibieron. Al fin los ojos del príncipe, que ya no era un niño se vieron en los del Rey, que ahora era solo un padre. Su padre.

Y la felicidad calló desde el cielo hecha semillas y fueron sembradas por todos los jardines, mientras una lluvia suave que no mojaba daba al paisaje un ambiente mágico.
Las plantas crecieron grandes y por muchas generaciones llenaron los corazones de los que vivieron allí, de los que pasaron caminando cerca, de los que escucharon este cuento y de los que no pierden la fe.

Daniel,
las estrellas se están despertando, mi alma se siente aliviada.
Quisiera que estuvieras
al alcance de nuestros brazos y darte un beso de buenas noches
antes de ir a dormir.
Sólo nos queda esperar que el tiempo,
el amor inagotable o un tornado de bruja
te traigan un día de regreso.

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