lunes, 2 de agosto de 2021

Modernización y tercera reconducción (II)

(Continuación del artículo: "Modernización y tercera reconducción (I)": https://justiciasolidaridad.blogspot.com/2021/08/modernizacion-y-tercera-reconduccion-i.html)

3.- Los tres primeros gobiernos de Felipe González representan el abandono de cualquier posibilidad de  desarrollo de un proyecto autónomo y una voz propia en el mundo y el alineamiento completo y la subordinación total de España hacia EEUU.

  • Felipe González y el PSOE serán el hombre y la fuerza destinados a someter a España a los proyectos de Washington.

El PSOE de Felipe González arrasa en las elecciones de octubre de 1982 con un programa que incluye la promesa de “OTAN, de entrada no” y la convocatoria de un referéndum. Su triunfo por mayoría absoluta supone una explosión de júbilo popular y una expectativa de cambio en el país comparable al advenimiento de la II República. Sin embargo pronto las expectativas quedarían truncadas. En cuanto a la política exterior, González desarrollará dos ejes.

El primer eje, entre 1982 y 1991, es el apoyo incondicional y el acatamiento sumiso a las grandes líneas y las medidas agresivas del proyecto de Reagan. Junto a Thatcher, Kohl y Mitterrand, González fue el gran adalid de los planes norteamericanos para Europa. Apoyó sin fisuras la instalación de los euromisiles en territorio alemán; estrechó relaciones con Hassan II abandonando a su suerte al pueblo saharaui; no condenó la invasión de la isla de Granada; reconoció y abrió relaciones diplomáticas con el gendarme norteamericano en Oriente Medio, Israel; intervino activamente en Centroamérica a favor de los intereses norteamericanos y participó con el envío de buques a la primera Guerra del Golfo (1991).

Incapaz de evitar la convocatoria del referéndum de la OTAN por la presión popular, desplegó una campaña de trampas y chantajes por el sí, financiada por la gran banca española (caso Filesa), para a continuación de su ajustada victoria, incumplir clamorosamente las tres condiciones con que se aprobó el ingreso (no integración en la estructura militar, desnuclearización de la península y desmantelamiento de las bases).
  • El otro gran eje de la política exterior de los tres primeros gobiernos de Felipe González fue el de establecer un nuevo sistema de alianza y dependencia con las burguesías monopolistas occidentales, con la firma de la adhesión al Mercado Común Europeo.
La negociación e integración en el MCE significa, ante todo, la sumisión a los proyectos Franco-alemanes para nuestro país, eso es, la entrega y liquidación de buena parte del tejido productivo para pasar a ser la Florida europea, un país de servicios.

Con el ingreso en la CEE se produce un abrumador desembarco del gran capital europeo en la vida económica del país. Los ministros Boyer y Solchaga afirmaban que “la titularidad de las empresas no importa”, y Mitterrand recomendaba a los empresarios franceses, “España está en venta, cómprenla”. Esto sólo puede entenderse por la opción pro franco-alemana tomada por los gobiernos de Felipe González, de la misma forma que la masiva llegada de capitales norteamericanos a España en los años 60 es inseparable de la opción tomada por el franquismo de subordinarse a Washington a través de la firma del Tratado de Amistad Hispano- norteamericano.

En un doble proceso en el que la economía y la política se complementan y se refuerzan mutuamente, París y Berlín adquieren la capacidad para colocar en puestos claves de la economía y el Estado a sujetos que les son adictos. Esta capacidad de intervención será la que empuje hacia un cambio de prioridades en el sistema de alianzas de España, donde sin cuestionar en ningún momento las relaciones con EEUU se orientará cada vez más hacia París y Berlín.

4.- Las draconianas condiciones a nuestra entrada en el Mercado Común, aceptadas por la oligarquía y gestionadas por los gobiernos de Felipe González, cuyas consecuencias son estructurales, multiplicarán nuestro grado de dependencia exterior.


Las negociaciones para la integración de España en el Mercado Común se prolongan desde 1977 a 1986. Es el proceso de adhesión más largo y duro. No por la mayor complejidad del “caso español”, sino por el especial interés de Alemania y Francia de imponer a España las condiciones más duras posibles.
¿Bajo qué condiciones entramos en el Mercado Común Europeo, y cuáles fueron sus efectos?:

Se impone una salvaje reconversión industrial, que supone la liquidación o entrega al capital  extranjero de importantes sectores de la industria nacional.

Fue una imposición política. Se desmantelaron o jibarizaron sectores estratégicos –siderurgia– o muy rentables –astilleros, donde éramos la tercera potencia mundial–, que competían con los grandes monopolios europeos.
España, que era a mediados de los setenta la décima potencia industrial del mundo, debía pasar a ser la “Florida europea”, un país de servicios que entregara una industria nacional construida durante varias décadas. El peso de la industria en el PIB se contrae desde el 30,8% que suponía en 1975 hasta el 12,6% actual –menos de la mitad del 29,1% que significa en Alemania–.

Bajo el lema de “la mejor política industrial es la que no existe” –planteado por Solchaga–, los gobiernos de González ejecutan el mandato. Liquidando unos sectores, y entregando otros a precio de saldo al capital extranjero. Es entonces cuando la industria del automóvil, la primera del país, pasa a estar al 100% en manos foráneas: SEAT se entrega a Volkswagen por 1 peseta, Ebro a Nissan, Pegaso a Iveco…

Se liquida un potente sector público, bajo una política de privatizaciones a ultranza.

En 1982, en España existían 130 empresas públicas, que jugaban un papel clave en sectores estratégicos: SEAT en automóviles, ENSIDESA en siderurgia, Endesa en electricidad, Iberia en transporte de viajeros, Repsol en energía, Argentaria en banca, Telefónica en telecomunicaciones… En 2016, ese enorme conglomerado público ha quedado reducido a solo 16 empresas.
Serán los gobiernos de Felipe González, con 80 privatizaciones totales o parciales, los que abrirán un camino que culminarán más tarde los ejecutivos presididos por Aznar.

Con esta oleada de privatizaciones se entrega a los principales nódulos de la oligarquía grandes bancos y monopolios levantados gracias a la inversión y protección del Estado. Y, sobre todo, se quiebran todas las barreras para que el gran capital extranjero penetre en sectores estratégicos.

Uno de los casos más paradójicos es el de Endesa, la Empresa Nacional de Electricidad S.A, fundada por el Instituto Nacional de Industria en 1944, y privatizada totalmente en 2003. Que ha acabado bajo el control de Enel, el gran monopolio eléctrico italiano, cuyo primer accionista es el Estado.
Mientras en España se ha obligado al Estado a desprenderse de la gran mayoría de sus cuotas de propiedad en grandes empresas, las principales burguesías europeas utilizan la participación accionarial directa del Estado para sostener a muchos de sus grandes monopolios.

En Alemania, el Estado ostenta el 20% de las acciones de
Volkswagen, el primer monopolio automovilístico, el 32% de las de Deutsche Telekom, la mayor compañía de telecomunicaciones, el 26,5% de la propiedad de Salzgitter, uno de los grandes grupos siderúrgicos, el 30,5% de las de Deutsche Post, o una importante participación en EADS, la corporación europea de aviación e industria espacial. Además de mantener una red de 426 cajas de ahorro públicas o semipúblicas.
En Francia, el Estado es el primer accionista, o uno de los principales, en France Telecom, el primer operador de telecomunicaciones, Electricité de France y GDF Suez, dos gigantes energéticos, Renault, en la  industria automovilística, o Air France, la aerolínea nacional gala.

Se nos imponen cuotas de producción muy por debajo del consumo y las necesidades nacionales.

En la CEE, ahora UE, existe una rígida planificación económica que determina lo que cada país puede producir. No según criterios de racionalidad económica, sino de fuerza y poder.
Los límites a la producción en sectores como la ganadería, pesca y agricultura, además de la destrucción de explotaciones planifica que la producción foránea ocupe una mayor cuota del mercado español.
Dos ejemplos son suficientemente explícitos.
  1. En 1986 la flota pesquera española era la primera de Europa y la tercera del mundo. Su tonelaje bruto representaba las dos terceras partes de la flota comunitaria. Los draconianos límites dictados por Bruselas al sector pesquero español van a marcar su retroceso frente a otras flotas europeas.
  2. La cuota láctea impuesta a España, de 6,5 millones de toneladas anuales, estaba muy por debajo del consumo nacional, 9 millones de toneladas. Obligando a sacrificar vacas para cumplirla, y a importar leche. Mientras que Francia disfruta de una cuota que es un 60% mayor de lo que consume, potenciando la exportación de su leche… a países como España.
Los Fondos Estructurales y de Cohesión
, recibidos tras nuestro ingreso en el Mercado Común, y presentados como la clave que permitió la “modernización de España”, han sido la inversión más rentable para el capital franco-alemán.

Su destino estaba marcado desde Bruselas: podían dedicarse a subvencionar el sacrificio de reses o la destrucción de viñas, pero no a impulsar la producción nacional. Y se emplearon principalmente para construir las infraestructuras necesarias (autopistas…) para que las mercancías europeas ocuparan el mercado español.
Si nos atenemos sólo a las cifras oficiales, por cada euro invertido en “ayudas europeas” las empresas franco-alemanas se han llevado de España 4’5 euros. ¡Un 450 %!. Nunca una inversión “solidaria” había resultado tan rentable.
Sus empresas se han adueñado de nuevos sectores estratégicos en la economía (automóvil, siderurgia, telefonía, electricidad, distribución comercial en grandes superficies…). Controlan más del 10% del PIB español, y mantienen sobre los sectores más importantes de nuestra economía una posición de privilegio. Hegemónica con más del 50% de cuota de mercado en la fabricación de coches, la distribución comercial en grandes superficies, material ferroviario y la industria químico-farmacéutica. Dominante, con más de un 30% de cuota de mercado, en material eléctrico y electrónico, cosmética y fabricación de equipos mecánicos. Y una posición influyente, más de un 20%, en siderometalúrgica y otros.
Y la formación de un “mercado único europeo” convirtió España en territorio de conquista. El peso de las  mercancías de las potencias europeas en las importaciones españolas se duplica, pasando del 36% en 1985 al 63% en 1996… Multiplicando por cuatro nuestro déficit comercial en el mismo periodo. Sólo Alemania y Francia consiguieron, de 1986 a 2008, un superávit comercial con España de 150.000 millones de euros.

Las líneas maestras impuestas desde Bruselas obligaron a España a la realización de sucesivos “planes de ajuste”.

En 1992, con el Tratado de Maastricht, la Comunidad Económica Europea pasa a denominarse Unión Europea. Para crear las condiciones que hagan posible una moneda única, el euro, se imponen a cada país draconianos objetivos de reducción del déficit, la deuda o la inflación. Entrar en la moneda única será la excusa utilizada por los gobiernos de González para ejecutar todo un paquete de privatizaciones y recortes sociales.

La oligarquía española obtuvo enormes beneficios al ser admitida en el más selecto club de las grandes burguesías europeas, pero las condiciones impuestas por Alemania y Francia multiplicaron las debilidades que acarrea una mayor dependencia exterior:

Minimizando nuestra base industrial, que España había desarrollado con éxito, transformándonos “a la fuerza” en un país de servicios.

Junto a la desindustrialización, se levantan todas las barreras a la penetración del capital extranjero, que copa los principales resortes de la economía nacional. La combinación de estos dos factores multiplicará -de forma agudizada tras la entrada en vigor del euro- nuestra onerosa dependencia de la financiación exterior.

Imponiéndonos la dependencia de unos pocos mercados.

Ya en 1996 el 69% de las exportaciones españolas se dirigen a los países de la UE, especialmente a cuatro - Alemania, Francia, Reino Unido e Italia-. Somos una de las principales economías europeas, pero se nos imponen relaciones propias de economías semi-coloniales, donde producimos aquello que la metrópoli quiere, limitando y condicionando por completo nuestra producción.

El factor clave de este “incendio económico” es la capacidad de intervención exterior a través de las instituciones comunitarias, presente desde nuestra misma incorporación al Mercado Común, y que no ha hecho sino incrementarse desde entonces.

(CONTINUARÁ)

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